7.7 Audiencia en el Maidán

(21.07.1618? – 24.07.1618?)


En tanta priesa y alboroto de partida tuvo avíso el Embajador que aquel día el rey le quería dar audiencia, y que vendría á la hora que hubiese de ser el aposentador mayor, para acompañarle, y ansí estuvo hasta muy tarde sin ser avisado. A las ya que se quería poner el sol vino el aposentador con otros dos persíanos á cauallo y le dixo de parte del rey que se fuese luego á entretenerse un poco al Maydan, adonde él quedaua, y que sin falta otro día le hablaria. Si no pareciera contumacia estuvo por no ir el Enbaxador, porque bien conoció de tanta variedad lo poco que había de aprovechar lo que tratase en materia del reyno de Ormuz aunque le diese una y muchas audiencias, cuanto y más que de cualquiera dudaba ya; pero hízolo por facilitar su salida de Casbin, habiendo en estos últimos días tenido aviso que lo quería dejar en él. Y ansí, con los pocos criados que pudieron subir á caballo se fué al Maydan, adonde halló al rey con toda la gente que solía estar allí los otros días.
Mandó el rey luego cesar las trompetas y tabales que continuamente tañían cuando él estaba en la plaza, y hizo señas al Embajador para que se pasease con él, el cual luego entendió que allí quería que se concluyese la audiencia, y llamando á uno de sus intérpretes le amenazó que le haría matar si no aclarase al rey muy puntualmente cuanto le dijese, y que aunque no sabía la lengua turquesa, ni persiana, echaría de ver de lo que el rey respondiese, si hacía fielmente su oficio. Y poniéndose el intérprete en medio se comenzó el rey á pasear con el Embajador, diciéndole que allí podría tratar con el lo que quisiese, porque el tiempo no daba lugar á mayor espacio, y enacabando de decir esto, sin dar lugar á que el Embajador le comencase á proponer cosa alguna, comenzó muy de proposito á tratar de la materia sobre que ya se había largamente hablado en el jardín del mismo Maydan algunos días antes, de no quererse ligar los principes de Europa y de común consentimiento mover la guerra al Turco.
El Embajador le atajó porque él continuaba artificiosamente esta platica, diciéndole que ya sobre esto había satisfecho bastantemente á Su Alteza, y que pues el tiempo era tan limitado, le diese lugar á tratar otras cosas que también traía por comisión del rey su señor, sobre que aun no había hablado. Volvió con mucha presteza el rey de Persia, sin responder á propósito, á hablar en lo que antes, encareciéndo las victorias que había tenido de sus enemigos, mayormente de los turcos, y que los reyes cristianos no se disponían á hacer nada, estándose ociosos en tanto que él con tanto peligro de su persona y de las de todos sus vasallos hacía solo la guerra al enemigo común. Y como no parase de hablar, ni diese lugar al intérprete á referir nada, echaba bien de ver el Embajador, aunque no lo tuviera ya conocido, que por ningún caso el rey quería que le hablase sobre la restitución de lo injustamente usurpado del reino de Ormuz, y que por esta razón, de industria quería entretener y gastar el tiempo hasta que fuese noche, que comentaba ya a cerrar, y con esto concluir la aparente y fingida audiencia.
Y aunque el rey se paseaba á caballo, como ya se ha dicho, con el Embajador y su intérprete, sin otra persona, algunas veces llegaba uno ó dos de aquellos persianos que más cerca ordinariamente andaban de su persona, y se ponían detras de él, algo apartados, y luego se volvían, y en muy poco intervallo de tiempo llegaban otros haciéndo lo mismo.
Estaba la plaza alderredor, aunque era tan grande, llena de toda la gente de la corte y estranjeros, que con ser en tanto número había un notable y profundo silencio, entre los cuales se hallaba Ali Baxa, muy valido entonces del rey, aunque turco de nación, el cual, por haber perdido la fortaleza de Tabris, de que era capitán, se quedó en su servicio temiendo el castigo que el Gran Turco le podría dar.
En fin, viendo el Embajador que era ya poco menos que noche, le dijo al rey que le suplicaba le diese lugar á hablar dos palabras sobre el reino de Ormuz, pues lo de la guerra del Turco tenía muy en la memoria para escribirlo y decirlo á su rey de la manera que Su Alteza se lo había dicho. De muy mala gana y peor semblante concedió esto el rey, y el Embajador le dijo que mirase bien Su Alteza que no era conveniente á la amistad que profesaba tener con el rey de España su señor, que en el mismo tiempo que de una parte á otra corrían enbajadas para confirmación y establecimiento de toda paz y amistad, le hubiese ocupado la isla de Baharen, la mejor y mayor parte de aquel reyno, y luego las tierras del Mogostan, y últimamente la fortaleza de Comoran y la isla de Queyxome, y todo esto sin habersele dado de parte de su rey ocasión alguna, antes guardado inviolablemente su amistad. Con mucha alteración le interrumpió el rey diciendo que lo que él había ganado del reino de Ormuz no era del rey de España, sino de hombres de su misma ley y vasallos suyos y que lo habían sido de los reyes sus pasados, y ansí había ocupado lo que era suyo. Replicóle luego el Embajador que cosa muy sabida era que aquel reino había ciento y diez años que sin contradición alguna lo poseían y poseyeron los reyes de España y Portugal sus predecesores, sin haber tenido los reyes de Persia derecho ni posesión en él, y que no solo los muy antiguos, pero ni el Sophi Hismael, Xa Thamas, ni Mahamet Codabanda, su padre, abuelo y visabuelo, alargaron su señorío hasta la costa del mar. Estaba el pobre intérprete, que era un suriano natural de Orfa, aunque criado en Ormuz, sin color y temblando, pero que con toda su turbación le refirió lo dicho, lo cual se conoció bien, porque acabado de oírlo el rey, sin responder palabra revolvió con gran furia el caballo y se fue, volviéndose de allí el Embajador á su posada.
Y como se viniese el aposentador mayor con él, le dio de parte del rey un cuartago de los que le habían traído del Sirván, y algunas docenas de pieles de cebellinas para forro de una ropa, cosa que el rey debía de haber destinado enviar antes de haberle dado aquella ardua y difícil audiencia.
Desde que el Embajador llegó á Span, mayormente después que vino á Casbin, le habían dicho algunos de los frayles que iban con él lo mal que había el rey de tomar hablarle en materia de restitución de lo que del reyno de Ormuz había tomado, y particularmente había publicado esto un italiano natural de Roma, llamado Pedro de la Valle. Este, por curiosidad y natural inclinación, como otros muchos tienen de andar vagando y peregrinando por el mundo, después de haber gastado algunos años en Constantinopla, Suria y Egipto, vino desde Alepo á Bagadad y allí se casó con una mujer pobre, de profesión cristiana nestoriana, aunque después de llegado con ella y una su hermana, á Span, por medio de los frayles que allí había se redujeron al gremio de nuestra catholica y romana religión. Pero usando, ansí él como ellas, el hábito persiano, no se sabe por qué fin este hombre seguía la corte del rey de Persia cargado de estas dos mujeres, no obstante que algunas veces le hubiesen dicho que si no tenía cosa que tratar particularmente con el rey, se volviese ó quedase en Casbin; mas habiendo él grande negociagión después con algunos ministros, se fue al ejército con la demás gente de la casa del rey, confiado en la buena acogida que le había hecho antes en Farabat, por le haber informado como hombre prático que se mostraba de las cosas de Europa y principes de ella.
Vino otro día Ussenbec á decir de parte del rey al Embajador, como se partía luego otro día á Sultanía, que estaba dos jornadas de allí, adonde había de recibir la embajada que le enviava Xa Selín, rey de Laor, á quien vulgarmente llaman el Gran Mogor, y que por esta causa holgaría de que se hallase allí por tres ó cuatro días y que de allí lo despacharía para que se volviese por Spaham á Ormuz. El Embajador le respondió que aunque casi todos los criados que le habían de servir estaban enfermos y él no bien sano, que haría lo que Su Alteza le mandase. Volvió luego á le agradecer de parte del rey el ofrecimiento, y á decirle que él daría recaudo para que los que no pudiesen caminar de su familia se enviasen de allí con toda siguridad á Spahan, y ansí mandó luego todo el despacho necesario para lo uno y para lo otro.
Y aunque el Embajador se veía muy enbarazado con la dificultad de los muchos enfermos, fue tanto el miedo que todos cobraron, sabiendo que los enviaban á Spahan, aunque á tanto mejor lugar y más saludable, que repentinamente se levantaron y vistieron todos, diciendo que ya estaban buenos y que querían ir á Soltania. Comenzaron luego, cayendo y levantando, á enfardelar cada uno su ropa y lo que se había de llevar para servicio del Enbaxador, de manera que otro día estuvo todo aprestado, mostrándose, según decía Ussenbec, el rey muy agradecido y contento de querer el Embajador aconpañarle hasta recibir la embajada y legaría indiana.
Pero como al rey le llegase el mismo día un apresurado correo de Carchicabec, gobernador de Tabris, con aviso cierto de que Cali Baxa, general del Turco, había desde Caramit llegado á Van con un ejército de doscientos mil hombres, sin los aventureros, mudó de parecer, y ansí envió á decir al Embajador la causa que le obligaba luego á partirse á Ardebil, y de allí dar orden para resistir á su enemigo. Y que pues no le daba el tiempo lugar para detenerse en Soltania, ni reсibir allí el Embajador del Mogor, que se podía partir á Spahan y aguardarle en aquella ciudad, porque luego había de ser en ella en dándole lugar á ello la guerra que tenia entre las manos.
Sintió mucho esto el Embajador, porque con ello se le impedía del todo lo que él deseaba, no despachándole el rey a tiempo que pudiese llegar á Ormuz y de allí á la India para se poder embarcar á España en las naos que se esperaban este año, no habiéndole sucedido entre todos los trabajos y contras de su jornada ninguno de que tanto le pesase como de este, dilatándosele por lo menos un año más la vuelta á España, cosa que tanto deseaba.
El rey salió luego aquella tarde de Casbin á una huerta dos leguas fuera de la ciudad, habiendo algunos días antes enviado á Spahan á su tía la Begun y á mucha cantidad de las mujeres que él más estimaba, en guarda y conpañía de un muy confidente y fiel criado llamado Lala Bec. Y aunque volvió otro día por la mañana á la ciudad, según se entendió á visitar algunas mujeres del árame que allí quedaban, luego poco después de medio día, con un muy ardentísimo sol se partió al ejército, que parte de él caminaba ya la vuelta de Ardevil.

El Embajador, con los ministros que allí quedaron y á quien quedó cometido su despacho, que eran el gobernador y factor, comenzó a negociar su partida á Spahan, no viendo la hora que salir de allí, porque los enfermos que se habían alentado para la ida de Soltania, temiendo que los dejase el Enbaxador desamparados, como se ha dicho, volvieron á estar mucho peores, cayendo otros de los que habían quedado sanos, y tenía por sin duda que mudando aire mejorarían todos, como después sucedió.
Sin la familia del Embajador, que llegaba á más de ochenta personas, se recogían en su posada otras muchas, ansi de los estranjeros que residían en Spaham y entonces habían venido á Casbin, como de algunos soldados y frayles portugueses que pasaban desde la India por tierra á España, sin los cuales había también otros castellanos que desde las Philipinas, por no haber alcanzado las ñaues para poderse embarcar en Goa, hacían el mismo camino. Y como el rey de Persia tuviese con gran rigor cerrado el camino para Bagadad, y toda esta gente acudido al Enbaxador, para facilitar su viaje les había alcanzado del rey seguridad y pasaporte para poderlo hacer sin que sus gobernadores de la provincia de Susien se lo pudiesen inpedir.

Entre los que venían de las Philipinas eran fray Hernando de Moraga, custodio de los frayles descalzos de San Francisco de aquella provincia, y el capitán Mondragón, los cuales llevaban cartas de don Gerónimo de Silva, gobernador de aquellas islas, con aviso á Su Magestad Catholica de la victoria que los pocos soldados y vecinos de la ciudad de Manilla habían tenido en la playa honda, de la armada holandesa, por el mes de Abril del año pasado de 1617.
Había recibido el Embajador grande gusto y contento con esta nueva, por estar muy de quiebra la reputación de los portugueses en la India en lo tocante á la milicia marítima, con el mal suceso de Zurrate, tres años antes, aunque este más se pudo atribuir á la notable cobardia y suma inpericia de toda disciplina militar de don Gerónimo de Azevedo, virrey de la India y general de aquella grande armada, que al poco valor de sus soldados, habiéndolo mostrado muy grande antes en todas las ocasiones que se les había ofrecido.
Fué de mayor estima la victoria de Manilla, demás de lo referido, por haber sucedido después de la muerte de don Juan de Silva, su gobernador y capitán general, no habiendo aun llegado de Maluco don Gerónimo, que en aquel gobierno se entendió le sucedia, y hallándose aquellos pocos españoles sin cabeza competente para ocasión semejante.
Y porque algunos días antes que el rey se partiese llegaron á Casbin los dichos frayles y soldados con larga relación de lo sucedido y con la pintura y estampa de la batalla como había pasado, lo envió luego el Embajador á decir al rey, mostrándole al aposentador mayor y secretario la dicha pintura, aunque del todo ignorantes de las cosas de mar, porque ansí ellos como su rey, con la relación que los ingleses que andaban en su corte les habían hecho, engrandeciendo la victoria de Zurrate, los tenían en grande opinión, y en muy poca á los portugueses.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo V, pp. 117– 125)

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